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Sábado 31 de Julio de 2010

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En la busqueda del Tantra de Shambala III

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Durante unas vacaciones de verano, cuando yo tenía apenas seis años de edad, fuimos con mi madre a pasar unos días al campo, a la casa de unos familiares. Eran mediados de Agosto y hoy era un día de mucho calor!! Durante el viaje de camino al pueblo yo llevaba la ventanilla del coche abierta, para que el viento me refrescara en este caluroso día de verano. Por la ventanilla podía ver el precioso paisaje que nos rodeaba durante del camino, aquellas altas y verdes montañas, los árboles tan hermosos que adornaban el panorama, las nubes en el cielo que creaban tan originales formas, el sol que me acariciaba con sus luminosos rayos,… ¡Un paisaje espectacular que me cautivó durante el viaje!

 

Cuanto más nos adentrábamos en las montañas mejor me sentía. Yo era una niña muy pequeña, pero incluso hoy puedo recordar al detalle aquel entorno y las sensaciones que me producían. Podía sentir una gran armonía al rodearme de la naturaleza y abandonar el desastre de la ciudad. Lejos del ruido de los coches, la polución, los gritos de la gente, etc… Allí, en la naturaleza, podía sentir alegría, ligereza y frescura, podía respirar profundamente y llenarme de una nueva vitalidad. Y puedo recordar hasta el olor de la hierba fresca que entraba por la ventanilla del coche, y el bienestar que esto me producía.

 

Después de casi dos horas de viaje llegamos al destino, la casa de una de mis tías. Ella vivía allí con su hija, una mujer de casi cuarenta años, pero que nunca había salido de casa de su madre, su vida la dedicaba a cuidar de mi tía, ya que estaba enferma y no podía hacer nada por ella misma, y también se gana la vida como costurera arreglando o creando la ropa de la gente del pueblo. Mi prima nunca tuvo ni un solo novio, y a su edad seguía soltera, como casi todas las mujeres de mi familia. No era feliz con su vida, pero se resignaba y no intentaba hacer nada para cambiar su situación.

 

La casa tenía un gran jardín y también un huerto, en el que mi prima cultivaba muchas verduras y hortalizas. Y muy cerca de la vivienda se encontraba un bosque lleno de frondosos árboles. La casa tenía un gran porche con mesas y sillas de madera, y adornado con muchas flores diversas, geranios, tulipanes, rosas,… Era una casa de piedra muy antigua, pero mi tía había puesto mucho esfuerzo en reformarla y se encontraba en un perfecto estado.

 

Cuando llegamos mi prima vino a recibirnos y cogió nuestras maletas para llevarlas al interior, no nos saludó con mucha alegría, algo también muy normal en mi familia, parecía que la tristeza era lo más habitual en mis familiares, y verles sonreír era una situación tan inusual, que me hubiera sorprendido ver algún signo de alegría en su rostro! En mi familia la moda era estar triste y quejoso, eso era lo habitual, ¡para que perder la tradición!

 

Nos llevó hacia nuestras habitaciones y nos invitó a relajarnos y comer un poco. ¿Relajarnos? Yo quería salir corriendo al exterior para empezar a jugar en la naturaleza. Había visto que en la casa de al lado vivía un niño de más o menos mi edad, y además tenía un perro! Me encantaban los perros, pero a mi nunca me dejaron tener uno! Así que me moría por ir junto a ese niño y jugar con su mascota!

“Mamá, puedo ir a jugar con ese niño?” “Puedo? Puedo?”

A lo cual mi madre respondió: “No, ahora es tiempo para estar con tu tía y tu prima, que hace mucho tiempo que no estamos con ellas”

Uff… ese plan no me gustaba nada. Yo había ido al pueblo para divertirme y disfrutar de mis vacaciones, no para estar todo el tiempo junto a señoras mayores, tristes y criticonas.

 

Pasé las primeras horas de mis vacaciones sentada en una silla dibujando, escribiendo cuentos, cosas que hacía ya en la ciudad, y me gustaba hacerlo, pero deseaba tanto ir a jugar a la naturaleza con los niños del pueblo! Aquel lugar parecía precioso y sabía que muchas aventuras se podían vivir en aquel bosque cercano a la casa, parecía sacado de un cuento de hadas y me imaginaba investigando todos sus rincones.

 

Llegó la noche y me obligaron a ir a la cama. Yo no tenía nada de sueño, pero no tenía otra opción que la de aceptar. Así que fui a dormir temprano. Llegué a mi habitación y me arroparon en la cama. La habitación en la que yo dormía estaba situada en el último piso de la casa y desde la cama podía ver el cielo cubierto por un manto de brillantes estrellas, era un cuadro hermoso! También alcanzaba a ver la luna, que estaba casi llena, era tan bella, tan magnética,… llamaba mi atención y no podía parar de mirarla, era mágica! Así que me fui entrando poco a poco en un profundo sueño llena de las preciosas impresiones que me regaló el cielo.

 

De repente, me desperté y era todavía de noche, debían de ser las cuatro o cinco de la mañana, pero me sentía tan fresca que salí de la cama y me dirigí hacia el exterior de la casa. Mis familiares estaban descansando y no quería molestarles, así que salí sigilosamente, sin apenas hacer ningún tipo de ruido. Cuando salí al jardín un suave viento acarició mi pequeño rostro dándome las buenas noches, y de repente, comencé a escuchar el canto de unos pájaros en el interior del bosque, era un sonido celestial, que me hizo entrar en un estado el cual nunca había experimentado, pero que se quedó grabado en mi para toda la vida! Sentí un fuerte impulso de dirigirme hacia el bosque siguiendo esa linda melodía, y así lo hice.

 

Cuanto más me introducía en el bosque más intenso se hacía el cantar de los pájaros, no podía verlos, pero sí escucharlos más fuertemente. De repente, paré y cerré mis ojos dejando que esa melodía me trasportara a lugares recónditos de mi ser. Fue una experiencia interior muy intensa y profunda! Aún hoy cuando lo recuerdo puedo sentir aquello que viví en ese bosque, sólo era una niña, pero mi alma no lo olvida!

 

De repente, mi madre apareció dónde yo estaba, me cogió fuertemente y me gritó: “Pero tú estás loca!!! Cómo se te ocurre salir sola, de noche, y meterte en el bosque!!! No ves que te puede ocurrir algo!!! Que susto nos has dado!!!” Y muy bruscamente me llevó hacia la casa. Yo la intenté explicar aquello que había vivido, aquella trascendental experiencia, pero ella no entendió nada de lo que la conté. Me dijo que dejara de soñar e imaginarme cosas, que eso sólo ocurría en las películas, que la realidad era otra y que esa fuera la última vez que hacía una travesura como esa, de lo contrario me castigaría muy severamente.

 

Me hizo sentir tan mal! Ella no me comprendía y no tenía nadie con quien compartir mi experiencia. A quien le iba a contar lo que me ocurrió si ni siquiera mi madre era capaz de entenderlo!!! Tenía miedo de explicárselo a nadie y mi madre me hizo ver que yo me había comportado de muy mala manera al salir al bosque de noche. Que iba a hacer yo, si tan solo era una niña de seis años!!

 

Y esa fue la última vez que viví algo parecido durante mi niñez. Después cerré aquellas sensaciones en mi, aquella sensibilidad que poseía de manera natural cuando era niña.

 

Esa niña creció recibiendo una educación como la de casi todos los niños, el colegio, los estudios, los juegos en el parque con los demás niños, los programas de televisión por las tardes, etc. Lo habitual en la vida de un niño. Y llegó un día en el que esa niña se convirtió en una adolescente. A mis quince años yo era una adolescente que tenía muchos complejos, algunos kilos de más en mi cuerpo y una cara llena de acné, así como también yo era una analfabeta en cuestiones de cómo relacionarme con los chicos.

 

A esa edad empecé a interesarme mucho por los chicos, mi sexualidad empezaba a despertarse y deseaba experimentar, pero nunca nadie me había explicado cómo comunicarme con los chicos, que papel adoptar con ellos. Yo era muy tímida y no sabía como acercarme a ellos, como entablar una conversación.

 

Recuerdo uno de los chicos que vivía en mi mismo edifico, se llamaba Julio. A mi me encantaba y sabia perfectamente los horarios en los que me le podía encontrar al salir y entrar de casa, así que siempre hacía para cruzarme con él por las escaleras de mi edificio. Siempre fantaseaba con él, pasaba horas y horas en mi habitación soñando con el día en que él se acercaría hasta mi y me diría que quería ser mi novio. Pero ese día no llegaba nunca. A veces me ponía delante de la puerta de mi casa y cuando escuchaba que su puerta se abría salía de mi casa para cruzármelo, con mi corazón a mil revoluciones. Pero después, cuando lo encontraba frente a frente, yo no era capaz ni de mirarlo a la cara, agachaba mi cabeza y de mi boca no podía salir ni una sola palabra. Él solía ser muy amable conmigo, pero yo me comportaba como una niña tonta que no se atrevía ni a saludarle.

 

Experiencias como ésta me ocurrían constantemente. Yo me sentía muy bloqueada a la hora de comunicarme con los chicos, en el momento en el que me  encontraba con ellos no sabía de qué hablarles, me quedaba totalmente muda. ¡Me sentía tan impotente ante la situación! ¿Cómo aprender a expresarme a comportarme de manera natural y libre y no sentirme tan bloqueada? Nadie me daba una respuesta a mis preguntas y yo me sentía tan frustrada y acomplejada ante mi manera de ser!

 

Así que los años fueron pasando hasta que llegó el momento en que empecé mi primera ‘relación’ con un chico, si se puede llamar así. Yo llena de mis miedos ante el sexo opuesto, mi falta de autoestima, mis complejos físicos, mi dificultad para expresarme a través del habla, etc. Los primeros encuentros con Marcos fueron muy bonitos, él siempre que me recogía me traía regalos - flores, bombones, libros,… Era muy gentil conmigo y me hacía sentir como una princesa, pero yo me sentía muy patosa con él, siempre con miedo de expresar aquello que sentía o pensaba.

 

Los únicos momentos en los que sentía que me podía expresar libremente con Marcos era en los momentos más íntimos, en los que las palabras no tenían cabida. En momentos en los que a través de las caricias le podía expresar todo aquello que sentía, mis emociones. Era otro tipo de comunicación, más sutil, que me permitía decirle todo aquello que no podía expresar por palabras. Pero parece ser que no hablábamos el mismo lenguaje, porque él no llegaba a sentir nada de lo que le intentaba trasmitir.

 

Marcos fue el chico con el que mantuve mis primeras relaciones sexuales. Yo siempre fui muy romántica y había soñado con cómo sería aquella ‘primera vez’ – palabras románticas, velas, un ‘te quiero’ tal vez,… Pero la realidad se alejó bastante a aquellas fantasías. La primera vez que tuvimos sexo juntos los dos habíamos bebido mucho alcohol, cosa que Marcos hacía con mucha regularidad. Nos encontramos besándonos, en la parte atrás de su pequeño y antiguo coche. A mi me daba vueltas todo debido a la cantidad de alcohol que había ingerido y él estaba siendo demasiado brusco conmigo. Hacía sólo tres meses que salíamos juntos, pero aquel Marcos gentil y caballero había desaparecido y ahora me encontraba besándome con un chico borracho que me trataba como un objeto al que utilizar y después tirar. Así me sentí en mi primera vez: ¡usada! ¡Fue tan rápido y tan desastroso! No sentí nada, a no ser que algo de dolor y algunas nauseas por causa del alcohol. ¡Un desastre!

 

Pero yo me seguí viendo con Marcos unos cuantos meses más, aunque cada vez él era más antipático y ya solo pensaba en sexo. Me reprochaba el hecho de que yo casi no hablaba con él, que no podía saber qué es lo que pasaba por mi mente, porque yo nunca se lo expresaba con palabras. Y eso era cierto, yo no podía mantener un diálogo fluido con él, esa parte estaba bloqueada en mi. Nos seguimos viendo durante un tiempo y teníamos sexo, pero nunca fue algo del otro mundo. Él me utilizaba durante unos minutos para recibir placer, pero él era el único que lo recibía, porque a mi no me gustaba nada. ¡Era brusco e insensible! Y no tenía ni idea de cómo tocar a una mujer, aunque él pensara todo lo contrario.

 

Después de Marcos tuve otras muchas relaciones y con ellas más experiencias sexuales, pero siempre sentía un vacío en mi interior que esas relaciones no llenaban. Me di cuenta de que no sólo yo era la analfabeta de las relaciones, sino que también todos los chicos y hombres con los que me relacioné, ¡y todas las personas en general!

 

Y con las primeras clases de Tantra de Shambala pude entender y ver esto mucho más claramente. ¡En que especie de ilusión estuve viviendo hasta entonces! Intentaba que un hombre llenara el vacío que había en mi interior, pero esto no era posible, ¡yo era la única que podía llenarlo!

 

En uno de mis primeros seminarios de Tantra, nos encontramos en Grecia, y tuvimos una práctica en la naturaleza. Durante esa clase teníamos que conectar con la naturaleza y abrir una nueva percepción ante ella. ¡Para mi fue un momento mágico! El lugar era maravilloso, los colores de la flora eran asombrosos, las formas de las rocas eran como sacadas de un cuento de hadas, el sonido del mar a lo lejos despertaba en mi interior unas armónicas emociones,… Cuando me encontraba en medio de la práctica sentí un fuerte impulso de caminar hacia un robusto árbol y cuando llegué ante él empecé a escuchar un sonido que me resultó conocido, era el mismo sonido que escuché cuando tan solo era una niña, el cantar de unos pájaros, ¡como si de ángeles cantando se tratara! Ese momento me hizo abrir aquella sensibilidad que poseía en mi niñez, y me transporto hacía otros niveles más elevados de conciencia.

 

Después de la práctica muchos de mis compañeros se acercaron a mi y me preguntaban qué había ocurrido durante la clase, porque mi rostro estaba totalmente diferente y mis ojos brillaban como destellantes estrellas en el cielo oscuro. Después de mucho tiempo pude volver a escuchar aquel cantar de los pájaros, y esto abrió algo mágico en mi interior, algo que no sabía cómo explicar.

 

Cuando le pregunté al profesor sobre aquella experiencia él me explicó que aquellos sonidos de pájaros los escuchaba porque estaban en mi interior, aquello sólo era un reflejo de mi belleza interior. Y eso fue una experiencia conectada con mi individualidad, y lo podía ver afuera porque ya vivía dentro de mí. ¡Esta fue realmente una gran experiencia interior!

 

El profesor me dio una práctica personal para conectar con mi individualidad, que se realizaba mirándose en el espejo, me recomendó realizarlo cada día en la noche durante veintiún días. Y así lo hice.

Después de la primera semana comencé a ver la diferencia. A mis treinta años ya tenía bastantes arrugas en el rostro, pero con la práctica la piel empezó a estar más tersa, y algunas pequeñas arrugas comenzaron a desaparecer. Me resultó tan increíble que empecé a sacarme fotos y así comparar. Cada día después de la práctica me hacía fotos y cuando el último día comparé mi rostro con el primer día me quedé asombrada de la diferencia. ¡Parecía como si me hubiera hecho una operación estética! ¡Parecía más joven y atractiva!

 

Desde entonces empecé a verme de forma diferente en el espejo. Ahora me gusto, me reconozco más a mi misma. Y una vez que me sentí conforme conmigo misma pude empezar a expresarme más fácilmente en la sociedad. Ya no me siento insegura ante los hombres, sino que todo lo contrario. Sé que tengo una individualidad, camino hacia su total descubrimiento… y cuanto más descubro los talentos que viven en ella más me gusto!

 

Gracias por haberme despertado del sueño en el que estaba sumida. Gracias por haberme dado las herramientas necesarias para despertar de nuevo mi belleza y juventud. Gracias por haberme hecho entender que tengo una individualidad única y especial, que puedo desarrollar y así encontrar el camino hacia la total realización de mi alma. Gracias por haberme hecho encontrar la seguridad y el amor hacia mi misma. GRACIAS, GRACIAS Y MIL VECES GRACIAS.

 

Pronto... Escuela de Tantra Real EN LINEA!!!!!!